A veces imagino cosas. Imagino un montón. Imagino que venís a mi casa. Pero mi casa no es mi casa y vos no sos vos.
Yo sí soy yo, y te abro la puerta y me trajiste flores, aunque sabes que no me gustan las flores me trajiste fresias porque me gusta olerlas, decís.
Cuando te respondo que prefiero que me regalen comida abrís la mochila: hay galletitas, paltas y alfajores. Me río y te hago pasar, que no se escape el gato. Pongo agua a calentar y por costumbre busco la yerba para hacer mate, pero me acuerdo de que no tomas mate así que te ofrezco té, solamente me quedó de limón y tampoco te gusta tanto, así que café.
Vengo tomando litros y litros de café desde hace como una semana porque rendí unos finales, por eso las ojeras. Me decís que "igual" estoy linda. Nos reímos por el "igual" y porque estoy despeinada y en pijama.
Ya pusiste música y te sentaste en el sillón y empezaste a comer galletitas. Traigo las tazas: "¿Preferís la de independiente o la del gato?", ya sé que te da igual y ya sé que no traje el azúcar, ahora la busco.
No, edulcorante no tengo, si vamos al mercado haceme acordar y compro. Me siento al lado tuyo y no me mires las medias desteñidas y agujereadas. Te sacaste las zapatillas y me empujaste con un pie, casi me haces auto-volcarnos café encima y amago tomar un trago para escupirtelo en la cara. Te reís, me abrazas, y me haces cosquillas "sin querer", mentís, basta que me meo; siempre tan delicada.
Después del café y de mirar Friends me quedé dormida.
Suena el timbre. No sos vos. Tampoco es el timbre, es la alarma del celular. No me quiero levantar, no quiero ir a trabajar. Me quiero tapar hasta la cabeza con las sábanas que todavía tienen tu perfume y seguir durmiendo hasta el 2030. Dos mil treinta. Pero también quiero romper el reloj porque no quiero que pase el tiempo si eso es sinónimo de alejarnos.
A veces imagino cosas.
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